DE LIBROS SEGUNDO CORTE

temp de libros

))SEGUNDO CORTE((

DE LIBROS

A

Libro de paso es aquel que se lee de una sola acostada.

B

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C

Las bibliotecas conyugales siempre acaban mal.

D

Jamás llegóse a conocer su identidad, hombre o mujer. Menos todavía la motivación de sus fechorías. Robaba en exclusiva, burlando los más sofisticados sistemas de seguridad, algunas frases, ejemplos de ciertas familias tipográficas —Bodoni y Carolus sobre todo—, epígrafes, índices largos, dedicatorias subidas de tono, descripciones anatómicas, títulos de poemas. Suman legiones las diversas hipótesis sobre su extraño caso sin solución.

E

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F

Perverso, deshoja el libro de atrás para adelante.

G

Han comenzado a proliferar, y a prosperar, a partir del kilómetro 19 de la carretera vieja a la costa, los llamados Biblioteles. El cliente —reza la publicidad— conduce su auto directamente hasta el cubículo reservado, a media luz, silente. En su interior —sigo citando— abundan cortapapeles de trabajada empuñadura, aromas de imprenta, cuadros en los que las letras adoptan las más audaces poses. Un butacón profundo, mullido —los hay, por cierto, de agua, al gusto del lector— ocupa el lugar de la cama.

Usted puede llamar a cualquier hora al 888-12.

 

H

Del personaje al autor best-sellers:

—Nadie sabe para quién trabaja.

I

Únicamente una mente perversa como la suya pudo inventar algo semejante.

Novelista asesino.

Cuando el lector avezado está a punto de descubrir la pista que lo conducirá, como la pasión a su desgaste, al criminal por todos insospechado, su ego emite una onda calorífera. Aunque débil, suficiente para accionar el potente explosivo —oculto en el lomo del libro— que lo hará volar en pedazos.

J

Los libros, como los debutantes, se presentan en sociedad.

 

K

¡Ojo, distribuidores tecnócratas! Rematar un libro es darle el tiro de gracia.

L

Nada marchita más a un libro que el lector(a) se hurgue la nariz, cabecee, bostece, ponga la mente en blanco, piense en otro autor o, el colmo, se rasque salve sea la parte.

 

M

Libros hay que se avergüenzan de sus críticos.

 

N

Tildado de psicópata, expulsado vergonzosamente de las asociaciones científicas y caritativas a las que pertenecía desde antes de concluir sus brillantísimos estudios superiores, el sociobiólogo Palmer Palmerston se mantiene no obstante en sus trece.

Mentira —dice con su voz grave— eso de la paz sepulcral que se tiende, por las noches, sobre las despobladas librerías y bibliotecas. El aparato-sensor de su invención, registra con lujo de detalles, el desenfreno que anima a las palabras y a los actantes, no bien el último empleado apaga la luz y cierra la puerta.

Sócrates se alza la túnica chorreada de cicuta para montar una moto de los Ángeles del Infierno; éstos, travestis, se pitorrean del grave Círculo de Praga; alguien le jala irrespetuoso las barbas a Carlos Marx; a últimas fechas, aclara innecesariamente Palmerston, con la moral en los purititos suelos; en un corrillo que preside Justine, la de Sade, Emma Bovary murmura atrocidades de Flaubert que un alma compasiva traduce del francés a Santa (la mexicana, no menos padroteada).

Aunque —levanta el dedo admonitorio Palmerston— nadie desciende tan bajo como las vocales.

 

O

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P

Larga es la lista de libros en pena.

 

Q

La historia del libro es la de la verdadera lucha de clases: autores contra personajes; editores contra escritores; libreros contra editores; lectores contra autores; críticos contra lectores.

 

R

Fe de erratas. El Apocalipsis precede al Génesis.

 

S

También los libros escogen a sus lectores.

 

T

Libros hay que fusilan a otros.

 

U

Jura, la pobre, que vio a su personaje saltar de la página en el penúltimo capítulo de la novela en proceso, otear a izquierda y derecha con mirada decidida, bajar los escalones de las teclas, sortear los objetos del escritorio —una taza, una caja de preservativos, un manojo de llaves—, y desaparecer en el tomo de un autor rival. Cuando disparó ya era tarde, demasiado tarde.

 

V

El diálogo de los libros produce un rumor de hojas secas.

 

X

Naturalmente que los libros malos se van al infierno.

 

Y

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Z

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DE ULTIMÍSIMA HORA

 

Ayer a las 16:09 p.m., cerró sus puertas La Gaditana, solitaria librería de la Ciudad de México. En un gesto de agria desesperanza insensata, su propietario, el señor Rusiñol, nieto e hijo de libreros peninsulares radicados aquí en los 30, puso fuego a sus existencias, heredadas del padre: dos novelas, ocho poemarios, un diccionario náhuatl-griego, un manual de anatomía y una Historia Universal en seis tomos.

La quiebra vertical de las casas editoras y el bárbaro impuesto a la importación de publicaciones (su monto, este año fiscal, supera la bolsa del Premio Nacional de Literatura), habían disparado el precio de los libros a alturas sólo visitadas por los satélites.

En semanas se vinieron estrepitosamente al suelo las fórmulas antaño exitosas, cuando floreció la crisis: ferias, festivales, saldos, gangas, remates.

Cuando se quedó solo, el señor Rusiñol luchó como lo que era: un condenado. Así, por ejemplo, llegó a ofrecer su Historia Universal en capítulos desencuadernables; aunque apenas colocó, a duras penas, recibiendo a cambio sendas canastas básicas, dos capítulos. Uno de ellos, siniestramente, el relativo a la Revolución Mexicana.

El patético happening montado por el anciano librero  (un hombre cargado de espaldas rociando con kerosene su patrimonio escaso), ocupó un minúsculo espacio en los noticieros nocturnos. El mismo que suele dispensarse a los asaltos a mano armada, cada vez más frecuentes, a las bibliotecas, las públicas y las particulares. Postrer aunque inseguro refugio de un producto más caro que el diamante y, como el diamante, no renovable (al extinguirse, con las primeras ediciones, las reediciones posibles).

Títulos hay que, de tan sobados, han perdido el lomo, las guardas, las pastas, las cornisas,  la tinta, páginas enteras.

Los futurólogos elucubran con la fecha en que robado a medianoche, deshecho en una buhardilla o atesorado en una caja fuerte, desaparecerá el último libro de la faz de la República.

 

 

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