RECUERDO DEL CAPRI PRIMER CORTE

PRIMER CORTE CAPRI
))PRIMER CORTE((

RECUERDO DEL CAPRI

 

1

—¡Primera noticia! ¡No me dijo que saldría de viaje!

—Fue un compromiso de última hora.

—¿Y cuándo regresa?

—Hasta el lunes.

—¿Puedo invitarte a comer?

La invitación los sorprendió a los dos. En el otro extremo de la línea batió un silencio gélido.

—Perdóname, olvídalo.

—¡No!… Está bien. ¿Hoy?

—Me encantaría.

—Es que como con mi mami.

—¿Un café, más tarde?

—Mjmmmm…

—¿Conoces el Kabah? La casa de doña Ali…

—Sí, sí… Espérame a las seis.

—Gracias, yo…

—Tengo que colgar.

2

No llegó a las seis. Ni a las seis y tantos. Ni una hora después. Lamentó su atrevimiento: ella, cómo dudarlo, se lo contaría al compadre no bien lo recogiera en el aeropuerto. Bronca segura. Llamaba a Rudy, el mesero, cuando la presintió a través de las cortinas cerradas del café, en la luz escueta de la calle de Río Atoyac. Segundos después se prometió en la puerta, nerviosa, sin decidirse a entrar. Pagó el consumo —tres cafés americanos, un Hennesy— presuroso. Salió a su encuentro. Ella lo saludó de mano, marcando distancias. Vestido azul marino de punto, tejido, escotado, muy por encima de las rodillas, mordiendo los altos muslos. Medias blancas escaladas. Peinado a la moda de entonces: torre sostenida por el cemento invisible de laca.

3

Sin hablar pasearon, mirándose de reojo, rozándose los hombros y las caderas, por las calles de la Colonia Cuauhtémoc. Frente a la panadería, contra esquina del café  Kabah, se cruzaron con Julio Bracho y su hija, años después notable actriz; más adelante —esponjado pavo real— con Siqueiros. Alcanzaron Reforma cuando la oscuridad era plena. La cruzaron tomados un momento, atrevidos, de la mano. Caminaron todo el tiempo por la lateral del Paseo. Se metieron al cine Roble, a la mitad de la función. Ella únicamente permitió que le cogiera la mano, fría pero tersa, y distraídos besos en la sien. Perfume Joy.

4

Bar del Hotel Reforma. El Buchannan’s  en las rocas los relajó. “Old fashion”  subrayó al ordenar. Hablaron y hablaron como si acabaran de conocerse. Como si durante tantos años, en las semanales reuniones del grupo —todos parejas de casados—, en los viajes compartidos de vacaciones con los hijos, no se hubieran apartado, para decirse ternezas, anhelarse, acariciarse, sus miradas. Él ordenó otra ronda.

—¡Me voy a casa!

Dijo ella de pronto.

—Estoy… estoy un poco mareada.

Añadió, sonriéndole con toda su boca roja, carnosa.

—Ven… Vamos a caminar otro rato. Te sentará bien.

Dijo resuelto. Arrojó a la mesa un billete de cincuenta pesos y, galante, la ayudó a levantarse. Pasearon, ahora libres, no más cohibidos, no más culpables. Tocándose los hombros, la cintura, el cuello. Al fin, casi frente al restaurante Ambassadeur, se besaron. Lengua, la de ella, densa y sápida. Se estremeció.

 

5

Librería Zaplana, frente a El Caballito. Él le obsequió, recién publicada, una novela que acababa de saborear de las orejas al rabo. Los relámpagos de agosto.

De nuevo la noche, mayo.

Los atrajo, en la distancia, la marquesina del cabaret Capri en la esquina de Juárez y Balderas.

—¿Tienes un poco más de tiempo?

Le rogó él al borde del vacío.

Ella dudó. Se llevó la mano al cuello.

—Necesito un teléfono.

6

Bailaron. Bailaron. Bailaron. Bailaron. Bailaron no como otras veces: discretos, husmeándose el cuello y tocándose apenas las mejillas. Abrazados. Solos. Besándose. Su pierna sumida entre las de ella.

Transpiración perfumada, confundida saliva, alcohol balsámico, sueño que la realidad alarga.

En algún momento en que el número de la variedad los expulsó de la pista, y que apenas atendían, ella se quitó, bajo la mesa, las medias caladas.

Escuchó el rumor sedoso. Olió el aroma: sal, piel mojada, afeites.

Temblándole las manos acarició —viejo deseo masturbatorio— las piernas desnudas. Le habló de aquella vez, en Acapulco, en la que él, protegido por los lentes color humo negro, contempló cómo el sol bruñía su piel piñón. Ella lo besó con rabia.

 

7

De nuevo en la Avenida Juárez, frente a la farmacia, ella descalza, los bañó el amanecer. Se apagó de un golpe la marquesina del Capri.

Se separó para examinarla en detalle. Suya ella. Suyos el vestido arrugado, su profundo escote azul, los zapatos que cuelgan de la mano derecha, la boca levemente hinchada, el peinado hecho un asco, esos ojos avellana que avillana el deseo.

Suya ella, suyo el momento.

Entonces, y hoy y mañana.

 

Pese al terremoto del 19 de septiembre de 1985.

El Ambassadeurs, el Cine Roble, la Librería Zaplana, el Capri, él y ella, a salvo en estas páginas.

***

 navaja 2

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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