MATRACA

 MATRACA

AGENDA URBANA de Fernando Curiel

Si en la socorrida fotografía, sólo masculina, hubiera figurado también el Secretario de Educación Pública, se trataría de un “selfie” con fecha adelantada de 2018. Enrique Peña Nieto, ya para dejar la Presidencia de la República, y sus posibles sucesores: Osorio Chong, Nuño Mayer y Mancera. Grupo bienquisto al que se añadirían, en el bando opuesto, El Peje y un puñado de Independientes.

¿Qué celebraban, exultantes? Que, a las 13:29 horas del viernes 29 de enero nacía una nueva creatura con nombre medicinal: C.D.M.X; y que, al nacer, le daba mate a su progenitor: el Distrito Federal. Esto es lo que celebraban.

¿Creatura normal, con sus bracitos, piernitas, manitas, mollera? Me temo que no. En primer lugar, la Ciudad de México, aunque ya casi se lo había devorado, es parte, grandota pero sólo parte, de un inmenso territorio llamado justamente Distrito Federal por ser sede de los Poderes Federales. Como que suena extraño llamar Ciudad de México, o CDMX, al Distrito Federal en su conjunto. ¿O es que se planea que la capital (que empezó de cuatro millas) crezca sin freno hasta los límites de Morelos y el Estado de México, sus fronteras? Centralismo e imperialismo. Con razón no nos quieren fuera de Chilangoland. ¿Se imagina que el Estado de Aguascalientes se llamara Ciudad de Aguascalientes?

En segundo lugar, la CDMX no será Estado, Estado Libre y Soberano como lo son los citados Morelos, de México y Aguascalientes. Apenas, apenitas, entidad federativa, dueña de autonomía pero no, máxima aspiración local, de soberanía. Igualito que el IFE o el IFAI. ¿Por qué entonces tanto cohete, tanta matraca?

En tercer lugar, razones le sobraron al Ejecutivo Federal para calificar, esto de la CDMX, éxito del Pacto por México. Aquel acuerdo en las alturas que dio respiración artificial a partidos en franca caída; la que aparejaron, parejas, las elecciones de 2012. Pacto cupular, no de las bases partidarias, sectores, tribus, clientelas o como quiera usted llamarles. Yo tengo viva curiosidad por conocer, con pelos y señales, no meros rumores, la materno-paternidad del susodicho arreglo. Sin el pacto por México no hubiera existido la pareja presidencial de Iguala, Guerrero Mártir, pero tampoco se hubiera podido “administrar”, como se ha administrado, la verdad sobre su noche nazi, Policías Municipales y Guerreros Unidos en terríficas nupcias. Pero este es otro tema.

En cuarto lugar, el nacimiento de la creatura que venimos comentando, creatura incompleta, suena a Partidos y Poderes. Véanse nomás las cuotas de representación para el futuro Constituyente. Y hablando de Poderes, me extraña que no hayan reclamado lo suyo los “medios” electrónicos comerciales, promoviendo a sus Luchadores Sociales como Laura Bozo. Extravagante resultará la redacción, en la mera mera Constitución, que disponga: “31 Estados Libres y Soberanos y la Ciudad de México”. Centralistas, imperialistas y exclusivos nos veremos.

Por último, ¿en verdad se cree que la inminente Constitución de la CDMX, que a ver qué sale, se parangona con la republicana de 1824, la liberal jacobina de 1857, la revolucionaria y justiciera y redistributiva de 1917 (lo que de ella queda de tan manoseada)?

Más. ¿Y cómo nos llamaremos ahora los no invitados al bautizo de la creatura, ceremonia con más jiribilla política que realmente fundacional? ¿Cedemexicas? ¿Capitalsocialistas? ¿Portíistas? ¿Y por qué no Imecas en recuerdo de los esfuerzos denodados de las autoridades locales por ponerle freno (y al mismo tiempo acelerarlo) al smog?

No deja de llamar la atención que el bautizo, recibido con escepticismo, y no sólo en el Círculo Rojo aguafiestas, coincidiera con la suspensión del servicio de agua a la capital, guste o no Distrito Federal por servir de domicilio legal a los tres poderes federales. Episodio que me ahuyentó de mi bunker y, en la medida que el Pacto por México me recuerda páginas del autor de El Padrino, me trajo a las mientes La sequía del apocalíptico autor inglés Ballard.

 

Eje Central. Al fondo Tlatelolco

Fotografías por Octavio Olvera

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