Crónica 6

Páginas México Canadienses, crónicas de un viaje que se ha vuelto vida.

Crónica 6

Te das cuenta que has pasado mucho tiempo fuera de tu país de origen cuando en tu lugar adoptado te encuentras a una persona que conociste cuando recién llegaste y recuerdas con ella los viejos tiempos, es decir te enteras de que has construido ya un pasado, una historia, una identidad. Esto me pasó cuando me reencontré con Hanna, una mujer coreana a la cual conocí en la escuela de danza moderna. Ella era estudiante de coreografía; yo, de danza. Fuimos compañeras de departamento, creó un sólo de danza para mí, compartimos muchos platillos coreanos y platicamos de la vida pero no acabamos bien, o eso pensé hasta que la volví a ver, ahora convertida en toda una coreógrafa con una compañía propia de danza; nuestro abrazo fue tan cálido y tan lleno de mutuo orgullo que me quedé pensativa y agradecida por algunos días.

Recuerdo muy bien que en los primeros meses de mi llegada a la ciudad de Vancouver, Canadá, me parecía remotísima la posibilidad de acumular tiempo. Escuchaba a la gente que me contaba que llevaba un año y yo veía imposible que eso me ocurriera a mí, pero llevo dieciséis años radicando allí.

¿Por qué Canadá? Es una pregunta que solía hacerme mucho y la respuesta nunca fue muy clara. Lo único que me podía decir es que me pasó en la vida, la oportunidad se presentó y la tomé, y confieso que si hubiera sabido lo que involucraría este gran cambio no creo haberlo hecho.

Cuando tomé esta decisión mi vida estaba en una disyuntiva interesante. Había renunciado a una carrera privilegiada en el Colegio de México para convertirme en bailarina, actividad que practicaba desde niña, pero a la cual evidentemente nunca había dedicado un tiempo exclusivo. Durante los primeros meses de mi nueva vida de aprendiz de bailarina en el Ballet Teatro del Espacio con Gladiola Orozco y Michelle Descombey, me lastimé el talón de aquiles de manera fuerte por lo que tuve que dejar de bailar. De un momento a otro me quedé sin una actividad diaria que le diera sentido a mi vida, recuerdo que el highlight de mi día era comer granola con yogurt de ciruelas mientras veía algún programa matutino de Televisa.

Una amiga del mundo del baile, que en ese momento era muy cercana a mí, se había ido junto con toda su familia a vivir a Vancouver y me invitó a pasar unos días con ella para tomar un curso de coreografía y acepté. Mi primera impresión de la ciudad de Vancouver, la cual ya conocía pero en invierno y ahora era verano, fue positiva. Mi amiga vivía en un departamento en English Bay con vista al mar al lado de Stanley Park, una zona en verdad espectacular.

Como era verano hacíamos todas las comidas en su balcón y andábamos en vestidos y sandalias. El curso de coreografía era a unas cuantas cuadras de su casa por lo que la caminata diaria era un absoluto placer. Era como una vida ordendada y creativa al mismo tiempo, cosa que yo nunca había experimentado. Jennifer Mascall, una coreógrafa canadiense ultra excéntrica, reconocida por crear una danza sobre la vida de Emily Carr, pintora canadiense de principios de los años veinte, era la directora del curso. Toda su enseñanza estaba basada en ejercicios construidos a partir de experimentos sensoriales. Por ejemplo, nos hacía ponernos en posición fetal y chuparnos el dedo gordo para reconectarnos con nuestro instinto animal y con el momento en el que habíamos salido del vientre de nuestra madre. Después de pasar veinte minutos así, debíamos expresar corporalmente todo lo percibido. Otros ejercicios consistían en sincronizar nuestros movimientos iniciándolos desde los ojos, pues ellos en realidad son la guía inequívoca de movimiento hacia las distintas direcciones. Eran ejercicios que resultaron para mí no solo novedosos, sino también estimulantes, pues pude empezar a entender lo que era darle forma expresiva a la abstracción que son las emociones y a entender también que la perfección del cuerpo no era el único absoluto que definía el poder ser un ente expresivo. En fin, Jennifer fue una maestra magnífica y una de las personas que podría decir cambiaron mi vida y me ayudaron a escoger un rumbo, pues fue ella quien, después de observarme por una semana, me dijo: “Tú eres buena para la expresión, no renuncies a la danza”. Como una gran coincidencia, una escuela de danza moderna llamada Main Dance, pequeña pero seria, estaba haciendo los exámenes de admisión. Me decidí a ir.

Al volver a México con nuevos ánimos de seguir bailando apliqué también a la escuela de danza moderna del CNA donde el examen fue un proceso de tres etapas de eliminación, yo estuve presente en las tres pero al pasar los meses me informaron que no sería aceptada. Al preguntar el por qué, su respuesta fue que anatómicamente no estaba diseñada para ser bailarina. Al mismo tiempo la escuela de Vancouver me informaba que sería un placer para ellos tomarme como alumna.

La decepción por no ser parte de México fue gigante y opté por irme a Canadá ya que conseguí apoyo familiar. La escuela de danza en la que me aceparon tenía un concepto muy interesante pues se trataba de cruzar el puente entre la vida de un estudiante de danza y la vida de un profesional, por lo que pasábamos las mañanas entrenándonos en danza clásica y moderna y las tardes trabajábamos con un coreógrafo local importante que experimentaba nuevos proyectos con nosotros. Los estudiantes de coreografía también eran obligados a trabajar con nosotros, los bailarines en formación. Fue así como conocí a Hanna. Encontrármela ahora fue recordar los primeros meses de mi vida en Canadá, lo bueno, lo malo, lo difícil, lo apabullante. Ella continuó con su firme ambición de crear movimiento; yo cambié de rumbo. Creo que al final me creí eso de que no era anatómicamente perfecta, pero cuando menos no cedí la curiosidad que sigue siendo para mí la expresión de ese misterio que son las emociones humanas.

P. Rivera

CRONICA 6

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