Crónica 1

Páginas México Canadienses, crónicas de un viaje que se ha vuelto vida

Crónica 1

Llevo más de una década viviendo en el extranjero. Nunca imaginé que, uno, dejaría México, dos, que fuera por tanto y tanto tiempo y, tres, que fuera Canadá el país al que ahora llamo hogar. Para los mexicanos, y anticipo el generalizar, Canadá es un país infinítamente remoto, a pesar de estar a una cuantas horas en avión y en el mismo continente americano; nos da la impresión de que es más cercano a Siberia que a Estados Unidos. Y efectivamente es un país extraño porque sigue en busca de una identidad clara.  Para muchos Canadá podría definirse como el país donde los osos, alces, mapaches, ardillas rayadas, gansos, y demás animales silvestres tienen derecho de paso. Y sí, una parte importantísima de Canadá es su inmenso territorio, que al permanecer helado la mayoría del tiempo, es sólo habitado, en el verano, por mosquitos gigantescos y, en invierno, por los animales ya mencionados. Pero Canadá es también un país que a diario recibe miles y miles de inmigrantes de todas partes del mundo en busca de oportunidades o de respeto a los derechos humanos básicos, es un país que como México y otros países latinoamericanos cuenta con habitantes y culturas definidas mucho antes de la llegada de los conquistadores, en este caso los ingleses y por último es un país independiente pero parte del Common Wealth y cuya máxima autoridad simbólica es la Reina de Inglaterra. Babel se vive día a día, en lenguas, en costumbres, en comida, en religión. Nadie parece integrarse pero todos coexistimos en este paisaje mayormente helado que por lo menos a mí me ha hecho sentirme más mexicana que nunca y creo que todos los que vivimos aquí estamos constantemente enfrentándonos a tratar de entender qué significa ser parte de Canadá, qué es este país, qué es ser canadiense.

Es interesante que comience esta serie de crónicas ahora que Canadá parece haber recobrado presencia en el escenario internacional, gracias a nuestro joven y guapísimo nuevo Primer Ministro, Justin Trudeau, cuyo partido Liberal ganara de manera impresionante las elecciones el pasado 19 de octubre, dándole fin a la era de los nueve años conservadores de Stephen Harper. Justin es hijo de Pierre Elliot Trudeau, quien hasta la fecha ha sido el Primer Ministro más adorado por la mayoría de los canadienses liberales, tanto así que se le conoce como el padre de la Canadá moderna: por legalizar las dos lenguas, por promover la libertad religiosa, por fortalecer a los sindicatos, por la medicina universal. Pierre Elliot gobernó en dos momentos distintos, de 1968 a 1979 y de 1980 a 1984 y era en verdad un rock star de la política. Hombre espiritual, apuesto, fascinante y complicado, tenía una seguridad y aplomo envidiables, y al parecer no era nada predecible en las decisiones de su vida personal. Cuando llegó al poder no estaba casado y fue novio de Barbara Streisand antes de finalmente casarse casi en secreto con Margaret, una mujer a quien le llevaba cerca de 30 años. Tuvieron tres hijos, Justin siendo el primero. Margaret se hizo famosa internacionalmente por dedicarse a la pachanga y besarse con personalidades como Mick Jagger, mientras Pierre Elliot gobernaba su país. Al pasar de los años se divorciaron, él se quedó con la custodia de los hijos y a ella finalmente la diagnosticaron como bipolar. Margaret ahora está cerca de sus dos hijos (el más chico murió) y ha publicado un par de libros donde habla de su enfermedad.

Volver a los tiempos de oro de su padre no será tarea fácil para Justin, pues el mundo es ahora más poblado y complicado con los temas del extremismo musulmán, los refugiados sirios y por si fuera poco la constante demanda de los primeros pobladores por ser respetados y no excluidos en la pobreza e ignorancia. Durante los nueve años de Stephen Harper, Canadá se fue convirtiendo en un país muy diferente al que Trudeau padre creó. Harper impuso visas a los mexicanos de la noche a la mañana, censuró a la opinión pública y a los medios, recortó presupuesto a investigaciones científicas, negó la importancia del calentamiento global, juntó las artes con los deportes en una secretaría única, aparentó preservar una economía fuerte y definitivamente puso más confusión en la creación de una identidad canadiense al fantasear con la idea del absoluto respeto a la Monarquía y al Ejército Real.

Nunca en mi vida me había sentido tan mexicana como en los años en los que he vivido en Canadá y si alguien me preguntara hoy qué es Canadá, yo diría que es un lugar que te permite vivir bien, estar agradecido pero sin apasionamiento alguno.

P. Rivera

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